LISTÍN DIARIO  

Ventana – 5

Domingo 8 de mayo de 1994

 

JOSÉ BOBADILLA, EL CLÁSICO. ¡QUÉ DIOS LO BENDIGA!

 

por Miguel D. Mena

 

 

Hablo del personaje, por eso de “para los que llevan anotaciones”. José Bobadilla es la más extraña combinación genética que uno pueda encontrar en Santo Domingo. Lo primero: un capitaleño por los cuatro costados, cosa rarísima. Sus ascendientes son rastreables hasta fines del siglo XVIII, en un extrañísimo árbol genealógico que mezcla desde don Tomás Bobadilla y Briones, pasando por el arzobispo y presidente don Adolfo Alejandro Nouel y Bobadilla, hasta llegar nada menos que a un parentesco desde España con Juan Bosch, cayendo entre set y set cierto abuelo, escritor y anarquista valenciano.

 

Estos son sus genes, porque si vamos a hablar de sus amigos, casi ninguno de ellos sirve, incluido yo. Bueno, habrá que sacar a Jimmy Hungría, el más condescendiente de ellos.

 

José Bobadilla es un místico. Tiene la terrible costumbre de llamar a sus contertulios después de pasadas las dos de la mañana para ver qué ellos piensan del personaje que está a punto de dar alguna puñalada o de internarse en el hotel Mercedes, el hotel por excelencia de la literatura dominicana. Por suerte para mí que el servicio de larga distancia es caro, así he conseguido dormir con tranquilidad.

 

La mayor parte de su obra, por desgracia inédita, o publicada en ediciones propias, ha sido elaborada con este estilo búho, dormir por la mañana y tarde y enfrascarse por las noches con las imágenes. Así hasta que tuvo que tirarse arriba la administración de los negocios familiares por lo que esperamos que las musas logren inspirarlo de nuevo.

 

Su estilo es único, como poner música estrictamente clásica de fondo. En una máquina de principios de siglo, insertar un papel cilindro para no tener que estar con eso de la cambiadera habitual a que obliga el formato 81 por 11.

 

Su atmósfera, la última que le conociera, no puede ser más propicia, ya que es todo un coleccionista de antigüedades: santos de palo y de yeso, presumiblemente del siglo XVI, postales dominicanas de los tiempos de la intervención de 1916 y un impreso de los de Gutemberg. Claro, eso dice él.

 

José Antonio, para los amigos, no necesita salir de su biblioteca porque él sólo tiene que escribir de sí, de su familia y de algunas vivencias. Él fue reconocido activista cultural. Luego partió a alfabetizar con la naciente revolución nicaragüense. Más tarde se dedicó a la docencia en la tierra de Rubén Darío y aterrizó de nuevo en su isla a mediados de los ochenta.

 

Hablo ahora del autor.

 

En 1983 sale a la luz ABALORIOS, muy injustamente descuidada por la crítica, tal vez porque este texto se le escapa de las manos a quienes sólo tienen recursos clasificatorios y no pueden valorar la justa trascendencia de algo que no tiene que ser narrativa o poesía, porque lo es todo al mismo tiempo.

 

ABALORIOS transcurre en el ambiente familiar, en el sepia de la historia. Admite nuestros mitos de fundaciones y va más allá de la historia y la lógica formal. Su prosa es sobre todo musical. Ritmo de las estrofas, perfecta espiral de las metáforas, la historia se va desgranando en giros que no llevan a una tensión o a un fin, porque lo importante es el momento en sí, la ingravidez del acto. Pienso en los cuentos de Lezama y oigo de nuevo la música que José Bobadilla oía en esos meses de escritura: el adagio de la segunda sinfonía de Rachmaninov, el primer concierto para piano y orquesta de Chopín, el tema de Carros de Fuego de Vangelis, y no digo nada de Stravinsky porque a pesar de todo lo que pudiera escribir Alejo Carpentier, no me sigue convenciendo.

 

José Bobadilla nada hacia las mejores aguas. La riqueza de su castellano contrasta con los inevitables problemas de la sintaxis que en la novelística dominicana se pescan, porque en verdad, se puede pensarlo todo, pero de ahí a dominar el idioma y darle frescura, hay mucha distancia. ¿Realismo mágico o maravilloso? ¿novela de aventura? ¿cuento largo? ¿prosa poética? ¿qué es finalmente ABALORIOS?

 

Lo mismo acontece con EN EL JARDÍN DE ONÁN, del año 88, publicada en computadora y surgida a partir de unos grabados de Tony Capellán. Es la primera vez que una mujer es protagonista y sujeto del deseo. Aquí la secuencia de las acciones están menos mediatizadas por la metáfora, y el sujeto puede deslizarse sin las fronteras de su aureola.

 

Lástima que no sepa qué estaba oyendo el José Antonio de esos momentos, pero de seguro que lo llamaré, para preguntarle a las dos de la mañana, para desquitármelas.

 

José Bobadilla es un clásico, un humanista. Atento siempre a la música y a los colores, en el lenguaje actual se podría decir que es un escritor multimedia.

 

Pero ante todo, José Antonio es un personaje y un personaje clásico. Esperemos que Dios lo siga bendiciendo, para el sano esparcimiento de la fanaticada.

 

Berlín, 2 de marzo, 1994

 

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