LA NOTICIA
Suplemento Cultural AQUÍ
27 de marzo de 1983
(págs. centrales)
ABALORIOS: novela o circunstancia
Diálogo entre José Bobadilla y Hamlet Rubio
Era un domingo de febrero. La casa estaba vacía. Subí la escalera y me introduje en el despacho de su habitación. Aquel hombre de mirada tenue y fría como la escarcha se levantó de su sillón, tras su escritorio. Fue su saludo. Enseguida me dijo que había decidido publicar una novela para luego marcharse a Nicaragua a trabajar como biógrafo de Augusto César Sandino y del comandante Carlos Fonseca Amador. Escuchaba con atención. Maquinalmente tomé de los repletos estantes un tomo de las obras completas de José Martí. Mientras hojeaba las páginas pensé sin conexión en la hija que no está conmigo. La voz premiosa de José, producida con energía muscular, me preguntó si deseaba un vaso de agua o una copa de licor de café. Contesté afirmativamente a lo segundo para arrojarme sobre una antigua y cómoda mecedora e iniciar la conversación.
HR.- ¿Cómo
se origina tu obra?
JB.- Fue un capítulo de otra novela. Admito contra mi voluntad que ABALORIOS sea una novela. Más concretamente, es el tercer capítulo de otra novela. Este a su vez se desarrolló hasta crecer de tal forma que ya no fue posible dejarlo allí sin hacer trizas la coherencia de aquel libro original. Entonces este tercer capítulo alcanzó vida propia como otra obra, como algo diferente aunque su diferencia en última instancia sea relativa, pues, desde luego, lo escrito guarda total relación con un plan general en paciente vía de aparición. ABALORIOS nace de allí, fue un tumor, y creo que maligno, que no me dio otra alternativa que extirparlo, deshacerme de él de una manera osada y contundente publicándolo. Así dejaba todo aquello de ser mío, así ese texto se despegaba para siempre con su vuelo de mi máquina de escribir. Ahora me siento en paz para avanzar sobre otras dimensiones, dentro de otros horizontes. Como he dicho se originó ABALORIOS. Después, bueno, el libro existe, y su tarea, si tiene de verdad algo que decir, es la de hablar por sí mismo, sin muletas verbales que terminan haciendo cojos sin remedio los trabajos que no escaparon a la suerte de eximirse de ellas.
HR.- Entiendo
que es la primera parte de un proyecto (tetralogía) cuya composición estará
constituida por cuatro novelas.
JB.- La primera parte, de ser como señalas, le correspondería a una novela, y ABALORIOS surgió de un proceso quedándose apenas en mera circunstancia. Ya ves que prefiero el eufemismo de llamarla así, ya que de hecho no es una novela como tampoco un poema o un guión para cine, ni mucho menos, aunque lo parezca, un monólogo increíble para teatro. Es, mientras algún crítico con peso y autoridad de libro gordo no me calle vergonzosamente la boca, una circunstancia. Por lo tanto es un umbral, es lo primero que por ser lo primero tendrá que leerse. Así, sin más vueltas, quedamos conformes con declarar su naturaleza de prólogo, de preludio, una estratagema anunciante del mundo que sobrevendrá. La tetralogía a la cual te refieres está conformada con obras más o menos independientes. Yo aprendí el término y la medida con Pío Baroja. Hay otros autores que fijaron para la historia con la grandeza de sus trabajos un criterio para la novela río. Hablo de Emile Sola así como en los albores de lo contemporáneo de Marcel Proust o de Roger Martín Du Gard. Pero Baroja me dio una medida sinfónica, el mágico número cuatro, sin tocar ni mucho ni poco el venerable nombre de Richard Wagner, y entro en el campo abierto de la música nada menos que con un querubín de mi más rendida devoción. Yo soy por las ráfagas de mi alma un músico que procura convencerse de que una orquesta puede sonar desde la punta de un lápiz.
No es lícito irse de lenguas con asuntos que no están de mostrarse. Anuncio mi plan para una tetralogía; es mi promesa que comienza condenando la atención del lector desde aquí, por una terquedad cosida en palabras. Pero nada más. Meterse en fechas para el primer libro, el verdadero y sin nada de preámbulos, es una fábula, una charlatanería con riesgosos frutos; mucho peor referirse a andamios, a argumentos, a jaulas. He dado títulos. En ABALORIOS doy títulos. El lector esperará por cada uno un desenlace. Veremos si me gana el juego, si es capaz de imaginarse lo que cada epitafio de estos guarda como tumba. Hablo con algún humor de un reto para ambos.
HR.- ¿Hay un
punto donde el pasado, el presente y el futuro se complementen arrastrando al
lector a una cosmovisión alucinante y barroca de la narración? ¿Puedes
explicar ese hecho?
JB.- En primer lugar, no hay un punto. Toda la obra es así. Que lo notes más en un pasaje que en otro es diferente. Pero todo es así. No existe ni siquiera un tiempo convencional en el cual hable la abuela. ABALORIOS es una ficción dentro de una ficción.
En segundo lugar, has llamado a mi texto narración. ¿Será verdad tal cosa?
Por último, no creo que deba explicar mucho más. Sería un crimen de mi propia mano hacerlo, sería entregarle una ecuación resuelta a quienes deben encontrar respuestas por sí mismos. Si mi trabajo no tiene respuestas en las conmociones y expectativas del lector, es basura, ya sabes.
El tiempo real es una dimensión en el espacio, como se nos presenta, con la particularidad de que no puede recorrerse hacia atrás. El suceder siempre acontece en un punto único, en el tris del presente. Ni el futuro ni el pasado existen fuera de la imaginación del hombre, de su apreciación del movimiento. Esto nos lleva a concluir que ABALORIOS tiene la exigencia científica de transcurrir en un presente. Pero no te equivoques, ese presente, y aquí otra paradoja, sólo le pertenece al lector.
HR.- ¿Qué vínculos
hay entre la música y tu trabajo literario?
JB.- No exagero si te digo que primero concibo las cosas como música para luego convertirlas en literatura. Yo soy esencialmente un músico, no un escritor, un músico que no sabe hacer otra cosa que escuchar jugando sin medida sobre teclas contra pliegos en blanco. ¿Por qué no me dediqué a hacer música, a componer? En honor de la verdad, se lo debo a mi haraganería. Eso de gastarse una vida para tocar el piano, la dificultades siniestras en el inverosímil manejo de un violín, es demasiado. Después de todo uno pronto aprende a hablar, nos enseñan desde chiquitos a escribir. Por suerte, los espantosos tormentos de muerte de aquellas horas pasaron a ser parte de una historia tan remota que casi es ambigua, esfuminada. Apenas conservo los vapores de la vaselina que flotaban en las trenzas de mis maestras. Me di cuenta de que la música es siempre una circunstancia. Después de todo no logro recordar ninguno de mis días de analfabeto. Como siempre supe escribir, se trataba de hacer sinfonías, cuartetos, oratorios, sonatas de otra forma, llevar al salto del puñal de un mendigo el rapto de un allegro con fuoco, medrar en una suite para clavicordio tras los entresijos del amor en los calores de una amante. En fin, tonterías. Siempre que hablo de esto, y no sólo contigo, entiendo que hay muchas, demasiadas palabras de más. Es así. Mis influencias artísticas son Bach, siempre Bach; Geminiani, Palestrina, Brahms, Villalobos, Chávez, Ponce, Stravinsky, Wagner, Prokofiev, algunos coros de Berlioz, mucho de Händel, Albeniz, Bartok y qué se yo... depende de lo que me sienta capaz de hacer ese día. Beethoven pocas veces. Beethoven es una sombra de Bach, la proyección maravillosa e intangible de un gigante, lo que deseo ver únicamente cuando reconozco que como hombre tengo mi parte en la histórica creación de Dios. Juan Sebastián Bach es el universo. Luis o Ludwig Van Beethoven una fulgurante estrella.
HR.- ¿Defines
el resultado de tu trabajo creativo como un tácito y cuidadoso ejercicio en el
manejo del lenguaje, pero a la vez indiferente a las contradicciones de la
sociedad, o crees indispensable que el manejo de una técnica debe aunarse a la
emisión de un texto que evidencie la necesidad de una transformación social?
JB.- No creo que deba definir nada. En honor a la verdad no entiendo que deba definir nada. No soy crítico, por lo tanto, conmigo no procede la primera parte de tu pregunta. Ese hasta ahora no ha sido mi campo. Mucho menos de lo que tácitamente hice con mis manos. Ese trabajo le queda a un crítico y de muchas maneras al mismo lector, quien lo quiera o no, se hará un juicio de lo que entrego.
Sobre lo segundo, no concibo que sea indispensable. El artista siempre, tanto objetiva como subjetivamente, toma una posición en la lucha de clases. No creo, porque es un disparate, en la afirmación de la apoliticidad. Nadie puede ser apolítico. Todos estamos de acuerdo con algo, ya sea de palabra o con un siempre significativo silencio. Más clara no puede estar mi posición al respecto. Sin embargo creo que falta algo, si tu lo deseas, tal vez una divisa con la cual definir una actitud al escoger un bando en el campo de batalla. Bien, eso que debo decir es que creo que toda verdad es de por sí revolucionaria. Al tratar de presentar a los hombres tal y como son, de desentrañar su mecánica conductual dentro de los esquemas sociales existentes sólo puede conducir a un camino, al de la denuncia, a la exposición de las mediocridades de un sistema harto caduco con todos sus atisbos dramáticos, mas en el caso de nuestra insularidad republicana, por su dependencia. Mi acto de fe en el porvenir de la humanidad está basado en las esperanzas más sólidas, para mí, en el socialismo. Pero nada de reaccionario puede caber en el retrato de un dictador, si ese dictador es presentado tal como es. No hace falta moralizar, ese no es el oficio de un verdadero artista, aunque en toda obra se infiera por necesidad un planteamiento moral. El gran compromiso de un artista es estético. Creo, dentro de mi práctica, que lo importante es forjar los personajes en su más acabada pureza, así igual cono todo, desde el déspota hasta el guerrillero. No hay santos ni diablos. En la humanidad únicamente existen hombres que luchan por sus intereses. No le tengo miedo a la eficacia de lo que la verdad produzca. Esa, unida a la calidad de mis arquetipos, harán perdurable mi testimonio en la medida en que cualquier hombre mire con claridad el futuro, que la dialéctica de los hechos escogidos por mí sean elemento suficiente para actuar como posible criterio de vanguardia.
En este caso, en ABALORIOS, de lo único que es posible hablar, se trata de la cabeza inflamada de alguien que recuerda, de una abuela, de una suerte de amantes frustrados, de sueños vencidos. ¿Por qué tiene que ser reaccionario tal elenco, si este es verdadero, si de alguna manera se sostiene, si es posible identificarlo en algún estamento de la realidad? Y no necesariamente con mis palabras, con mis marcos, con mis encuadres; esto último es mi particularidad, mi arte, mi estilo, mi forma de hacer la palabra en una página. Me gustaría que algún día trataras este mismo asunto con García Márquez. ¿Consideras tú a García Márquez un escritor reaccionario? ¿Por qué no hablamos de esto, en el mismo tono, de su Cándida Eréndira o de sus Cien Años de Soledad, o de los Funerales de Mamá Grande? ¿Qué nos presenta García Márquez en sus trabajos?
Yo afirmo, y ahora intento dar mayor claridad a lo expresado, que un escritor no debe imponerse la tarea de la moral sino la del arte; que el arte, al ceñirse a la verdad esencial de cualquier hecho, hace un aporte básico al conocimiento del hombre; que lo queramos o no, reflejará siempre un compromiso que esencialmente no debe preocuparnos siempre y cuando nuestra creación sea magnífica, y que todo gran arte primero se ha impuesto forjar, según su nicho histórico, un arquetipo que será eterno por su calidad, por la grandeza y la profundidad estética de sus formas y símbolos.
HR.- Salvando
las distancias, a mí también me gustaría hacerle la misma pregunta a García
Márquez. Sin embargo, creo que en El Olor de la Guayaba, entrevista publicada
recientemente, está contenida su posición al respecto cuando afirma que el
principal deber de un revolucionario es escribir bien. Pero esa es su concepción.
Yo me pregunto: ¿no existe una ideología contenida en el discurso de su obra,
que a la hora que un crítico de esos que tú llamas de libros gordos decida
valorar su trabajo, deberá ubicarlo en los márgenes de una disciplina científica?
García Márquez en la Mala Hora, en El Otoño del Patriarca, en El Coronel no
tiene quien le Escriba, y en La Hojarasca, retrata cabalmente aspectos de una
realidad evidenciando las contradicciones, frustraciones y horrores de la lucha
de clases, aún dentro de toda la magia desbordante de su discurso narrativo.
La ideología
consiste en un conjunto de coherencia relativa de representaciones de valores y
creencias; exactamente lo mismo que los hombres participan en una actividad económica
y política, participan también en actividades religiosas, morales estéticas y
filosóficas. Esta es la causa que separa a un maestro del oficio de la
escritura, pero sumergido en una especie de caja de Pandora, como lo es Jorge
Luis Borges, de otro maestro como Pablo Neruda, cuya poesía se proyecta hacia
el devenir histórico de la humanidad.
Pasando a la
segunda parte de tu pregunta, me parece que la participación en el plano
internacional de García Márquez con relación al caso de Cuba y Nicaragua, no
lo hace merecedor de tal título.
En lo
referente al papel que juega su obra en la conformación de los valores estéticos,
la Cándida Eréndira, su Cien Años de Soledad, su Funerales de la Mamá
Grande, nos presentan una visión exacta de lo que Nikos Hadjunicolaou (Historia
del Arte y Lucha de Clases) llama el estilo como representación de una ideología
en imágenes.
JB.- Tú y yo siempre terminamos en un barullo. El asunto que nos ha hecho usar tantas frases es simple. Una cosa es el arte, otra el referente, y otra la finalidad o el objeto de un artista al crear su obra. ¿Te atreverías a decirme que Neruda, por su manifiesto compromiso partidario sea mejor escritor que Borges por la ausencia del suyo? Entiendo que quieres decir que un artista debe ser revolucionario y yo te digo que un artista debe ser un artista, mejor aún, un gran artista, y siendo un gran artista será siempre, en el sentido mayúsculo del termino, un gran revolucionario. Ahora bien, ¿qué es ser un gran artista? ¿qué es una gran obra de arte? Supongo que te respondí. Cuando creo una metáfora, que en sí, en su concepto, define el producto de la creación artística, yo no tengo que pensar en un disparo que deshaga cadenas de opresión sino en luces que hagan más honda la conciencia del hombre. La belleza, no importa su orientación, siempre es liberadora. Pero el problema del arte no es liberar, es sensibilizar, es llegar a la razón con el aporte crucial de su belleza. Si sirve o no para hacer la revolución que plantea el socialismo o cualquiera otra ideología, este es otro asunto. Yo quiero la revolución socialista, y como la quiero, voy adonde me llamen a alfabetizar, hago mis deberes y tareas de partido. Pero soy artista, y como artista mi reto es crear arquetipos que se planteen la posibilidad de dejar los trazos de una obra extraordinaria. Ese debe ser mi aporte, mi aporte debe situarse en la búsqueda permanente de la calidad, dando la cuota que me corresponde en el proceso de una historia en la que por formar parte de un presente único, debo solucionar con la respuesta adecuada.
HR.- Acabas
de decirme que por mucho tiempo piensas irte a Nicaragua, que tienes el proyecto
de escribir dos biografías, una de Sandino y otra de Carlos Fonseca Amador. ¿Puedes
hablarme de tus proyectos y de la vida cultural en la Revolución Sandinista?
JB.- Junto a mis inclinaciones literarias está mi interés por la investigación histórica, disciplina científica en la cual planeo ejercitarme con dos trabajos muy concretos. Ya los mencionaste. Son biografías. La biografía tiene mucho, bastante diría yo, de literario. Pero si bien es cierto que para hacer de un dato frío una página vívida hay que novelar por fuerza, la biografía moderna no se caracteriza precisamente por eso sino por el minucioso y bien ponderado corpus de datos fieles. La idea surgió en mis días de brigadista alfabetizador. Fue en 1980, cuando un grupo de compañeros dominicanos nos fuimos a Nicaragua y recibimos de ese increíble pueblo una imperecedera lección de amor. Sandino y su sacrificio estaban en todo momento presentes. Era entonces muy lógico que me interesara por conocer lo mejor posible la historia de ese país. Yo fui ubicado en un campo, en un verdadero erial. Libros de Managua llegaban muy pocos, pero en cantidad suficiente como para ir haciendo del interés una sólida necesidad. Me deslumbró la figura del general de hombres libres, Augusto César Sandino. Una vez concluida la Cruzada Nacional de Alfabetización, nos tocó regresar. Entonces llené mis maletas con el material necesario y continué leyendo aquí mucho de lo que me faltaba por saber. Surgieron preguntas nuevas, una serie de planteamientos que pretendían quedar liquidados en un curso sobre su vida y su obra proyectado para 1981. Alimenté la idea e incluso volví a Nicaragua a buscar los datos que me hicieran falta. Pero era muy grande el reto. Cada día la figura de Sandino me presentaba enigmas nuevos, de poderosa e incontrastable atracción, y eso un escueto curso no bastaba para satisfacer mi ambición.
Así fue como me decidí por un libro. El curso no se dio y me planteé el atrevimiento de formular mi deseo de una manera formal. Me hicieron caso, me tomaron en serio, y aquí estoy, haciendo valijas para trasladarme a Nicaragua por algunos años. Hacer una biografía del general Sandino en las actuales circunstancias tienes sus componentes fáciles y difíciles. Sobre Sandino se ha escrito mucho, siendo algunos libros de notar como el de Gregorio Selser, el de Alemán Bolaños y el de Sergio Ramírez, obras muy serias en su género que a la vez que aportan datos de capital importancia hacen muy compleja la labor de superarlas. Esto lo digo porque una biografía de Sandino de ninguna manera puede ser un libro más. Como reto es muy atractivo, y en lo político, un deber por cumplir. Apoyo ni aliento me han faltado, comenzando por Juan Bosch, de quien en Santo Domingo nada hay que añadir. Su trabajo como fundador de la historia científica dominicana habla por sí solo. De Sergio Ramírez Mercado, a quien acabo de mencionar como a uno de los biógrafos más destacados de Sandino, he recibido en todo momento los beneficios de un sincero interés y no poca colaboración. Sobre Carlos Fonseca Amador la tarea es más difícil, pero para mí, de mayor atracción por su actualidad en todos los campos. De Fonseca hay poco escrito pero muchos de sus compañeros de lucha están ahí. Sin embargo casi todo está por hacer. Entiendo que no se puede llevar a cabo una biografía moderna y cabal de Sandino sin continuarla con Fonseca. Son dos tonadas del mismo grito, de la misma guerra, del mismo compromiso por la obtención de una libertad real. Carlos Fonseca es la versión actualizada de la dignidad del hombre, del patriotismo, tanto como hablar del Ché, de la causa que asume las mejores esperanzas de nuestros pueblos. Esto no le resta a Sandino ningún mérito en la memoria colectiva. Resulta muy elocuente que hablemos hoy de él con tanto ardor. Pero Fonseca está como quien señala al doblar de la esquina. Fonseca Amador nos legó un frente de lucha que terminó por triunfar para mostrarnos la experiencia revolucionaria más bella que jamás haya visto el hombre. ¿Exagero? ¿Le hago un deshonor a Cuba, a Vietnam? No lo creo. Lo que pasa con Nicaragua es que ha asimilado logros y errores de otros procesos, por eso su coherencia, por eso su moderación, un ejemplo de lucha que ha sumado adeptos hasta en los sectores más insospechados. Sus enemigos, los sátrapas de siempre, el imperialismo que la ha mantenido teñida de sangre a lo largo de durísimos años de historia terrible, no podrán con ella. Es que se trata de un pueblo que ha sabido lo que es su triunfo, que en los escasos años de vida en revolución, sus esperanzas se han hecho firmes, muy sólidas. Tú me hablabas de la vida cultural, querías que te dijera algo de eso. Bueno, la Revolución Sandinista es en esencia un proyecto cultural, así de simple y sin teorizaciones fútiles.
Ellos alfabetizaron a su gente. Ningún proceso serio puede arrancar sin enseñarle al pueblo el valor de su dignidad y la estimable calidad de sus sueños. Es increíble lo que vimos en el primer año. Aquello nos dejó perplejos, pasmados. Campesinos que nunca en su vida supieron otra cosa que de atropellos, los mirabas hacer poesía, verdadera poesía; música, inspirada música; pintura, etc., volcándose en un torbellino para mostrar y demostrarse lo que iba naciendo de la necesidad imperativa de comunicación.
¿Sabes tú que cosa es alfabetizar? A mí me da mucha risa, y no lo digo con mala intención, lo que tanta gente cree. Ojalá resultara lo que intenta hacer el PRD aquí. Para mí, la tarea, desde su planteamiento, no es más que una farsa, una cruel payasada, una de las tantas estentóreas traiciones que fomenta la burguesía desde el poder contra el pueblo.
Quiero que sepas que cada brigadista tenía el deber de recoger en su diario de campo desde los nombres de plantas en su área de trabajo hasta los dichos y refranes populares, desde anécdotas con el más escueto interés histórico hasta localizaciones de yacimientos arqueológicos. Así surgieron interesantes inventarios de los minerales por regiones como especificaciones de flora, fauna y clima. No se trató jamás de presentarse ante la gente con las pedanterías propias de un disfraz de maestro sino de enseñar aprendiendo, de entregar lo sabido mientras se valoraba el patrimonio existente en un país con la imperiosa necesidad de surgir aprovechando todos sus recursos. Así se hizo penetrar hasta las más recónditas intimidades del pueblo a una juventud para que viviese en carne propia los problemas de su nación, de su patria tantas veces saqueada pero de pie y con la convicción de morir en la defensa de su integridad. ¿Puede decirle ningún yanqui a un joven o a un campesino de Nicaragua lo que le hace falta a su país? ¿Es que no se da cuenta Washington del horrible y triste ridículo que hace? ¿de la imposible lucha que sostiene con sus agresiones a un pueblo harto de sufrir y que bien sabe el precio, porque lo ha pagado siempre, de lo que cuesta un suelo propio?
La revolución ha avanzado y con su paso ha derrumbado mito tras mito de un huero pasado. Los libros ahora son un arma, son el metal para la conciencia de un futuro espléndido aunque duro de ganar. Los conocimientos que ostentaba un sector para explotar y diferenciarse de los oprimidos, son los que ahora fluyen para levantar las trincheras de la libertad. No pueden contarse las cantidades de conferencias, de giras, de grupos artísticos, de sociedades culturales, de ferias de libros, de visitas de valores universales, en fin, de una apabullante empresa cultural nicaragüense. La situación está llegando a los rincones más apartados. El encuentro y la calificación de una identidad va por el mejor camino. Para ello Nicaragua cuenta con una vanguardia capaz y con generaciones anteriores que han sobrevivido afortunadamente para dejar como legado su último esfuerzo. Hablo del entrañable poeta Ernesto Cardenal, una gloria de América entera. Hablo de don Edelberto Torres Rivas, de José Coronel Urtecho y de otros más jóvenes, en la mitad de sus vidas, como Sergio Ramírez Mercado , como algunos de los mismos comandantes, como de Lisandro Chávez Alfaro y de muchos otros más.
Lo ideal sería no personalizar, sobre todo en una revolución donde cuenta tan poco lo personal. En Nicaragua todo, absolutamente todo, le pertenece a la juventud. ¿Es esto lo que quieren destruir quienes gobiernan en Washington? ¿Contra eso es que luchan los yanquis? La actitud de criminales que asumen estos señores solamente nos convence a los latinoamericanos, a mucha gente con conciencia aún dentro de los mismos Estados Unidos, de que no vencerán. Tienen toda la fuerza imaginable pero no la razón. Incluso lo de la fuerza es un mito. Los yanquis aseguraban que nosotros éramos los países de las revoluciones por deporte. Luego de Cuba, luego de Nicaragua, y ahora mismo con la heroica lucha del pueblo salvadoreño y del guatemalteco, no creo que nadie tenga ánimos para decir esto en voz alta. Nadie puede contra un pueblo. Los yanquis, su imperialismo, libran una batalla contra la razón histórica. Y bien, se está con el garrote o con quien lo padece. Un gobernante tan cobarde e hipócrita como Ronald Reagan, habla, y habla un difunto, un eco sombrío de piratas muy viejos (antepasados suyos, por cierto, en el caso de Morgan); se desinfla un retrato guardado en un museo pero que aún persiste en sus intentos de hacerse notar, que habla de glorias estúpidas de naciones gigantes, como si hubiese gloria a costilla de tanta miseria. Ni siquiera en los mismos Estados Unidos, repito, convence este señor y su gente. Cuando toco el tema de los Estados Unidos en su interioridad, hablo de un país con discriminaciones atroces. Sólo tienen que hablar los negros, las minorías, los indios que quedaron como muestra de la expansión infernal de los blancos del este. Y así los chicanos, los latinos y los blancos con sentimientos decentes, que también los hay y no son pocos.
Se me hizo larga la plática. Perdón, pero necesitaba decirlo. No es posible callar. Ni yo ni nadie que tenga corazón para lo humano puede odiar a los Estados Unidos. Los Estados Unidos también son un pueblo. De lo que hablo es de intereses y de opresión de un sector que gobierna. Sería maravilloso que tantos y tan grandes recursos se usaran para la paz, para promover con energía y decisión el entendimiento y el progreso de la humanidad y no para hacer más ricas a las mafias y a los consorcios industriales. Para amar hay que tener coraje. Creo que en este momento hablar de Nicaragua es honrar lo que entiendo por verdad. Nicaragua es tan parte de nosotros como cualquier otra parte de América, incluidos los Estados Unidos. Mucho hemos sufrido como pueblos para que sigan los bandidos de siempre agitando cadenas, cobrando víctimas, vidas y destinos de hermanos que no aceptan la esclavitud. Si unos deciden mentir, nosotros nos defenderemos con la verdad.