2 de septiembre de 2002
págs. 36 y 37
La obra que ya tiene
José Bobadilla (poeta, narrador y ensayista) permite hablar de un espacio
propio y singular en la literatura dominicana contemporánea. Un espacio hecho
con la meticulosidad de un orfebre, donde cada obra (EN EL JARDÍN DE ONÁN,
ABALORIOS, SALMOS) contribuyó a depurar su escritura. Ahora, con LOS NEGOCIOS
DEL SUEÑO, de reciente publicación, que reúne textos de inicio, hay que leer
y releer los relatos: La Virtud del Verdugo, Trilogía de Noveno Paz y Cinco Capítulos
para la Vida y Milagros de don Cundo Ledesma, donde se revela como un escritor
que trabaja los diálogos de manera muy poco convencional. Los relatos de
Bobadilla tienen una característica, una marca de escritura: los diálogos son
breves, muchas veces una frase, una palabra, entrando en el cuerpo de la prosa
para desbordarla de esplendor. En cada fórmula de diálogo, porque son diálogos
absolutamente indispensables, se siente la fuerza vital del oxígeno, quizá
equiparable a ese efecto de fantasía que transfiere la piedra preciosa al
metal, que despierta el gozo y abruma la mirada cuando se contempla una y otra
vez la joya acabada y resplandeciente.
RGR.- ¿Cuál
es su reflexión sobre el momento que vive la literatura dominicana contemporánea?
JB.-
Nuestro país entra de lleno en una situación de bum; busca denodadamente
alcanzar la zona más turbulenta de una explosión. El largo y no siempre feliz
camino de lo que hoy es el pasado, ha propiciado, gracias también a los niveles
particulares de desarrollo de nuestra sociedad, que un mayor número de
escritores consoliden sus propuestas literarias en obras que por fin desbordan
todos los géneros. Baste señalar el caso de la novela. Las muestras anteriores
a las últimas dos décadas, salvo algunas notables excepciones, no merecen ni
mencionarse. Pero hoy, partiendo de autores generacionalmente modernos como
Marcio Veloz Maggiolo, Diógenes Valdez, Enriquillo Sánchez, Andrés L. Mateo o
Pedro Vergés, podemos contar con un sólido piso que soporta la creación de
los textos que podrán sacarnos de la insularidad, que nos situarán dentro de
una grande y ya venerable corriente continental. En eso estamos y me parece que
con fortuna. La poesía actual tal vez no supere las glorias de nuestro reciente
ayer, pero consigue mantener un ritmo y calidad satisfactorias. El ensayo se ha
fortalecido y el teatro también. Como hemos tenido que trabajar mano a mano con
los más jóvenes valores, puedo decir que el futuro es promisorio, pues
descansa en claros talentos con además una sana y legítima ambición. Los jóvenes
y los más jóvenes se han empeñado en levantar su antorcha
hasta donde la pueda ver la humanidad.
¿No es esto hermoso, sobre todo cuando de alguna manera se ha jurado llegar?
El modelo de taller que nosotros presentamos en nuestro pasado Sistema, contempló la necesidad de que cada tallerista buscara por lo menos dentro de sus amigos y conocidos a cinco lectores, organizando así un círculo de lectura en donde él sería el orientador, lo que equivalía a convertirse no sólo en un escritor sino al mismo tiempo en un líder cultural.
Sin embargo tu pregunta es distinta. ¿Es posible para quien escribe publicar lo producido dentro del sentido tradicional de la palabra? Te digo que no. Por supuesto cada quien se las ingenia y al fin y al cabo consigue algo de lo que quiere. Pero los costos de llevar a la estampa lo escrito es poco menos que criminal, y así vemos que hay innumeras obras inéditas que harían la fortuna cultural de cualquier país metidas en la infame oscuridad de las gavetas, esperando que la suerte sople favorable, lo que es una monstruosidad.
Intentamos, desde el Consejo presidencial de Cultura, dar una respuesta adecuada a esta situación, amplío, dentro del marco del Sistema Nacional de Talleres Literarios y de la Colección Fin de Siglo. ¿Alguien nos hizo el menor caso?
Sabemos, porque la usamos, nos valemos para todo de las mismas, que existe la tecnología para imprimir con excelente calidad en nuestras mismas casas. Yo mismo te diría que predico desde hace tiempo esta afirmación con mi propio ejemplo. No creo ni puedo creer en ediciones de cincuenta ni de cien libros. El producto literario como todo producto artístico debe tener la vocación de la masificación. Pero entre esto y la nada, estimo con firmeza que hay una sustancial diferencia. Nuestros colegas prefieren esperar a que alguien los descubra, y que ese alguien, desde luego, venga con la alforja llena de dinero y de otros medios para hacerlos circular. Pienso que esta actitud debe ser modificada. Siguen siendo carísimas las ediciones caseras. Pero puedo asegurarte que son posibles al mismo tiempo que hermosas, lo que desde muchos puntos de vista le confieren un inestimable valor, todo de común acuerdo con las medidas de las necesidades que consigamos crear. El escritor dominicano como el de muchos otros países con nuestro nivel de subdesarrollo, debe por desgracia ser su propio editor, su distribuidor y hasta su librero. Es una situación que sólo la logrará vencer un futuro que implique cuantiosas inversiones en la educación del país, a la par de un crecimiento económico que dé como resultado el surgimiento de un mercado de lectores que procuren de manera automática los textos. Mientras tanto quienes hacemos el oficio no sólo existimos sino que queremos existir, entonces es indefectible perseverar atenidos a nuestra realidad, dando respuestas creativas que permitan que el esfuerzo tantas veces ingrato como solitario alcance a presentarse en el interés de la gente que debemos captar como usufructuarios de nuestro arte, de nuestra verdad.
Afirmo que hay salidas. No como las quisiéramos, pero las hay, y las mismas implican aplicaciones que enriquecen de alguna manera la tarea de decir al hacernos militantes de lo que forjamos. Va a ser imposible que todos estemos de acuerdo con el valor de una obra determinada, pero todo lo que se hace debe existir coexistiendo, esa es la democracia. El tiempo va situando lo que realmente tiene valor en su justa dimensión, en su justo lugar. El juicio inapelable de la posteridad no debe ser ni mucho ni poco un muro que desaliente a nadie. Quien escribe tiene que escribir, convencido de demostrar su valor, valiéndose de todos los medios a su alcance que lo sitúen en la mira del lector, del destinatario, y por supuesto, al asumir la batalla de levantar su palabra en el interés de la gente, hacerlo con honradez, con valentía y con lealtad.
RGR.- ¿Qué
ponderación haría de tres escritores del pasado y del presente por sus aportes
a la literatura dominicana, del sesenta hacia atrás y desde el sesenta a la
fecha?
JB.- La dificultad de esta respuesta estriba necesariamente en mis preferencias, que por necesidad no tienen que ser las mismas que han consagrado o que han pretendido consagrar. Desde un punto de vista particularísimo te contestaría, de los viejos: Bosch, Mieses Burgos y Manuel del Cabral. Estamos en literatura, y de mi maestro y el tuyo, hablo del Bosch de los cuentos. Mieses Burgos y Del Cabral son poetas casi opuestos, pero universales. Tres, sinceramente son pocos, pero me quedo con estos, aún a sabiendas que las omisiones a las que me obligas son durísimas de perdonar. Los tres, cada uno en su nicho, ofrece un horizonte estético de incalculable merecimiento. Del Cabral ha sido reconocido por muchos fuera del país. De Bosch la gente habla sin demasiada convicción. Da pena ver que la reiterativa y en consecuencia estéril temática de conversación sobre su cuentística se reduce a los mismos lugares comunes, con la diana de una decena de textos, a lo sumo, magníficos, pero donde hay mucho, muchísimo más qué leer y qué decir. Mi pobre maestro. Un hombre tan grande, y tanta gente vacua por no decir mediocre, opinando casi por compromiso de cara a una obra que es insondable en sus inmensidades, y también el estandarte de un concluyente arquetipo que gracias a la clara calidad de su factura cobra dimensión universal. De Franklin Mieses Burgos, la envidia pudo hasta la fecha mucho más que él. Ni en las antologías de los maestros puede verse algún destello elocuente de sus colosales garras. Es una vergüenza que alguien tan extraordinario apenas haga sentir más que migajas de sus huesos dentro del polvo de una incuria que toca con sus miserias a muchos otros adalides de nuestra palabra, de eso en lo que vamos quedando los hombres, de esa conciencia, alma o pensamiento que es la belleza adonde se la pueda percibir.
Sobre los modernos me quedaré concientemente en la primera generación. Pedro Vergés y Andrés Leonardo Mateo, como novelistas, y Miguel Alfonseca, el de los cantos de la guerra de abril. Hay muchísimo más, por suerte, con lo que debemos contar. Tengo mis peros con los citados, sobre todo que cada uno ha podido y ha debido dar muchísimo más. El último el destino lo borró en la plenitud. Los otros gozan de una privilegiada madurez que se expresa sin máculas en la enjundiosa riqueza de un brillante ejercicio y de una imbatible cultura. ¿Qué les ha sucedido? Ambos, los dos primeros, los dos que viven, tienen de sobra con qué colocarnos en la primera fila de una narrativa continental. Lo entregado por ellos es excelente, pero no basta y confío en que tengan a mano lo que añoro oírles decir.
RGR.- ¿Qué
hace falta en la escuela para afianzar, en su labor académica, la motivación
hacia la literatura y el interés por el libro, tomando en cuenta los retos del
próximo milenio?
JB.- Conciencia, buenos programas, mejores maestros y una gran voluntad. El arte despierta al hombre en su envidiable complejidad. ¿Para qué sirve la literatura? Para hacernos más hombres, para al hacernos crecer en la hondura inefable de los sentimientos y motivaciones, conducirnos hacia los fértiles abismos de nuestra entrañable y común inmensidad. La idea es la principal razón de lo humano. Si no educamos mostrando el perfil de lo sensible es impensable cualquier destino de grandeza, ni siquiera el más tímido apoyo a la ambición.
RGR.- Todo
artista tiene una valoración de su obra y de sí mismo. ¿Cuál es la evaluación
que hace usted de su obra, tomando en cuenta su punto de partida y la publicación
de LOS NEGOCIOS DEL SUEÑO, hecha recientemente?
JB.- ¿Es eso importante? ¿mi juicio sería acaso justo? Yo tengo una verdad que decir y mi trabajo es el signo vivo de que la respeto. Yo digo una verdad. Pero contestarme sería sin ninguna duda destruir el objeto de toda comunicación, sería, sin vacilar, una manifiesta locura. Caería en hablar a solas y yo hablo para los demás, yo sólo hablo con los demás. Es cierto que ese mundo en el cual derramamos las luces de nuestra voz puede resultar un abismo que todo se lo trague. Qué importa. Basta con presentir que tanto en el tiempo como en el espacio nuestros ruidos tocarán los oídos abiertos que consumirán sin duda la vida que entregamos. Soy sincero cuando declaro que sólo quien escucha es quien tiene qué decir.
RGR.- Entre
los espacios internacionales ¿cuál tiene mayor importancia en la promoción y
divulgación de su obra?
JB.- ¿ ?... El hombre lo es todo. Es innegable la barrera de los idiomas. Pero bien, quién sabe qué suerte le aguarda a lo que decimos. Yo trabajo duro y todos los días. Mi destino deseable es a todo el que me quiera entender.
RGR.- ¿Qué
significado tiene LOS NEGOCIOS DEL SUEÑO en el contexto de la literatura
contemporánea?
JB.- Creo haberte respondido. Ciertamente el que logre alcanzar entre sus lectores, el que sus lectores quieran darle.
RGR.- Entre
los aportes del Estado al arte ¿a cuáles reconocería como verdaderamente
valiosos y coherentes a través del tiempo?
JB.- Situados en nuestro país, que es donde me toca opinar, en primer lugar a los que han apuntado a la formación del pueblo. Tenemos una gran infraestructura que pocos países del área podrían ostentar, pero son templos todavía vacíos, dolorosamente sin ocupación real porque no hay un pueblo con la educación suficiente para valorar lo que encierran. En mi opinión lo primero es la gente. Formar a la gente nos conduce hacia otras necesidades que la misma gente demandará. Con esto nos quedamos con casi nada y es un problema básico de concepción.
Por ejemplo cuando no tenemos un gobierno que derrocha en infraestructuras monumentales, tenemos otro que se pasa la vida haciendo planes monumentales sobre lo que conviene o no conviene hacer. Y al fin de cuentas, pura paja, bizantinismos de una crueldad palmaria cuando hay un pueblo, y me consta, que tiene una necesidad imperiosa por saber, por aprender, por formarse, y sólo recibe o lo imposible o la basura, los enlatados que campean por doquier haciéndoles creer que tanta inmundicia es el cielo.
Lo lamento, con este discurso nadie se salva, aunque hayan habido intentos por hacer algo que quede y algo también se haya conseguido en el tortuoso camino que nos ha ido tocando recorrer. En nuestra etapa actual lo único que cabe es la educación, y para ello ningún esfuerzo debe ser suficiente.
RGR.- ¿Hay
en su vida un escritor insignia, que con el paso del tiempo ya alcance la
categoría de símbolo, en todo caso un símbolo que siga, distinga o venere? Hábleme
de su experiencia y el ascenso de ese escritor en su propia carrera?
JB.- No me resulta posible responder esa pregunta, por lo menos en los términos en que me la formulas. Yo ni siquiera estoy muy seguro de ser escritor. Quizás lo sea por el oficio mostrado, por lo que va quedando, esto es, y técnicamente, porque me gusta escribir. Pero cuando miro hacia mis adentros lo que encuentro es una terca pasión por el arte sin saber claramente cuando termina el color y comienza el sonido, cuando el movimiento se hace vuelo o se hace volumen. Todo lo que es arte me atrapa sin que jamás haya podido decidirme, en cuanto al amor, más por una cosa que por otra. Debo confesar que lo que mejor entiendo es la música. Cuando hablo de entender estoy diciendo sentir. Sin embargo me resulta impracticable una decisión categórica. Como mi memoria se ha ido construyendo con piedras de semejante o igual valor, al fin y al cabo ¿por qué podría ser mejor Dante que Picasso? ¿Van Goth que Cervantes? ¿Bach que Carpentier? ¿o Borges que nuestro José Cestero, el de la primera etapa?
Digamos que mi escritor insignia es la gran literatura, eso que tienen los genios que va creciendo con cada uno en el tiempo, en las edades, y así llegamos desde la más desnuda palabra hasta el laberinto maravilloso de nuestros días, en una cadena donde los eslabones se unen con un apretón de manos que es abrazo y crecimiento indetenible. Para eso da el corazón y los imperativos del hombre. Homero ¿verdad?, Dante, Valmiki, Cervantes, Calderón, Shakespeare, Dostoyesvky, Goethe, Balzac, Ibsen, Withman, Mann, Galdós, Faulkner, Oneill… Siento un gran vértigo, es como caerme de espaldas bajo el cielo lleno de fuegos que insaciables corren hacia todos los abismos desprendiéndose a gritos la grandeza de sus carnes, y nos quedamos atónitos, como aplastados bajo el eterno pie de la inmensidad.