Domingo
24 de febrero de 2002
BOBADILLA EN NUEVA YORK
entrevista por Koldo
José Antonio Bobadilla Martínez, mejor conocido entre el gremio de escritores como José Bobadilla a secas, quien gracias a sus faenas y haberes le cabe el título de poeta, narrador, ensayista y desde luego académico, se encuentra en el país y regresará a Nueva York a impartir un nuevo Taller de Cuento a solicitud de la Casa Dominicana de la Cultura. Haciendo provecho de la ocasión surgió la entrevista que publicamos a continuación:
K.- Sabemos
que has impartido y seguirás impartiendo talleres de cuento en Nueva York.
JB.- Sí. Tu afirmación tiene dos vertientes esenciales, lo que significa un Taller de Cuento, o mejor aún, literario, ya que abarcaré en lo futuro otros géneros bajo el mismo método; y por supuesto, Nueva York.
Apelando
al comenzar esta plática a las muletas de lo íntimo, vale decir si en algo es
útil lo que llevamos adentro, que tú y yo nos conocimos en un ya lejano
convite, cuando nos encontramos por los deberes de la solidaridad entre
campesinos, enseñando a leer y escribir. Yo diría que enseñar lo que uno sabe
es una obligación que nos aporta el placer de ir dejando en otros que quieren
aprender lo que el hombre ha sido a través de las edades en ese universo
maravilloso que es la cultura.
Claro,
ningún mérito especial me honra en un arte tan difícil como contar, donde las
sombras egregias de maestros universales apocan a cualquiera. Pero sí puedo dar
fe de dos cosas: es entrañable el amor por el legado de esos maestros, a la vez
de que tras múltiples esfuerzos, confirmo con la modestia
de una práctica, que me gusta
escribir. La experiencia de ese amor, ya definitivo, como de esa práctica que
en su medida se ha hecho una verdad, merecen ser compartidas con la esperanza de
que otros hundan su mirada en un horizonte tan rico, y si la suerte permite el
crecimiento, quién sabe si lo que a quiénes siguen sobre los imperativos de
este destino, el trabajo les depare un sitio de honor para la gloria de la
humanidad que somos los dominicanos, tanto en nuestra media isla como en aquella
gran ciudad.
Nueva
York es ciertamente como decir el mundo entero. Si el fruto de un sueño tan
vasto como lo fue y lo sigue siendo el de los padres de ese país, puede
sentirse intensamente en cada pulgada de esta ciudad, el signo que mejor la
caracteriza es el de su universalidad. En esta universalidad tenemos los
dominicanos un destacado protagonismo. Ninguna minoría ha crecido
tanto en Nueva York como la
dominicana. Gracias al esfuerzo sostenido de tantas luchas de la más diversa
peculiaridad, hoy, en cualquier rincón, nos encontramos con alguna parte de
nuestro rostro. Y esta certeza, inserta en tan apabullante diversidad, es un
aliciente propicio para intentar las quimeras desde una perspectiva mayúscula
que nos permita ser dentro de ese universo que cada día debe ganar con nuestra
presencia.
Me
invitaron y he ido allí. Regreso en breve
con el reto de satisfacer de alguna manera la curiosidad de nuevos
escritores, curiosidad que tal vez consiga convertir en pasión.
Casi
no te he dicho nada, pero al menos comenzamos a hablar.
K.- Lo que se
siente en tus palabras es que no pierdes la braza de la inspiración.
JB.- Bueno Juan, para mí Juan Carlos Campos Sagaseta de Ilurdoz; sabes de sobra que hablar de inspiración no está de moda. Digamos que uno se manifiesta con lo que tiene, o sea, con la palabra; que seguimos queriendo lo que hacemos y sobre todo, que seguimos queriendo a los demás.
K.- Entonces,
tratando de agarrar al toro por los cuernos: ¿quién organiza esta tarea? ¿cómo
son esos talleres?
JB.- Obedece en primer lugar a la invitación de los actuales directivos de la Casa Dominicana de la Cultura, el señor Mendoza, su presidente, y Héctor Amarante, su director de literatura. Ya habíamos atendido a una invitación anterior formulada por Frank Cortorreal, realizando un taller que dio como fruto el libro Los Pétalos del Martillo, y con quien seguimos cooperando en la Fundación Pedro Francisco Bonó.
En cuanto a lo segundo, son un poco de todo. Escribir tiene esa condición. Pero para darte una respuesta sensata y justa, una práctica debe basarse en hechos concretos. En el claro sentido de tu pregunta debo decir que el propósito que define a estos talleres es formar sobre el subgénero del cuento tanto en la práctica como en la teoría a quienes participen. Aquí lo esencial. Una vez que esto se cumple, agotando el tema de su historia y sus resultados, complementamos la tarea enseñando a construir un libro como objeto. Es decir, primero formamos al escritor para que sepa lo que hace y lo haga. Luego lo convertimos en artesano. Hoy la tecnología lo permite. Es casi imposible, por limitados que sean los recursos de nadie, que escapemos de tener acceso a un computador. Los programas principales que nos hacen posible escribir en él también nos dan la oportunidad de diagramar. Y de aquí al libro como objeto es simplemente explicar las reglas y usos tradicionales de este arte, con el que podemos producir un texto impreso.
Pero
bien; ¿qué hacemos con el libro una vez escrito y construido? Nos enfrentamos
a una tercera interrogante crucial. El Taller, nuestro taller, culmina con
algunas técnicas de promoción y distribución indispensables para que el libro
alcance el objetivo básico de llegar al lector, su fin, su destinatario.
Concluyendo,
no se trata de formar al escritor como un ente solitario, forzosamente
abstracto, así consuma ríos de tinta sobre leguas de papel. Un escritor puede
ser también un artesano que a su vez esté en óptimas condiciones de diseñar
y ejecutar un exitoso plan de promoción y distribución de su trabajo.
Entiendo
que la tarea fundamental del escritor es escribir. Un escritor es escritor
porque escribe, porque crea textos, porque hace belleza con la palabra. Pero un
escritor, sobre todo en medios adversos, ya sea por la abundancia de ofertas o
por las necesidades del mercado del libro, se enfrenta a problemas que muchas
veces jamás alcanzará a salvar. Sabes lo difícil que siempre ha sido
publicar. Y lo que es peor: ¿para qué o para quienes escribimos?
No
afirmo que debamos sustituir a nadie en la escala del trabajo cada vez más
especializado que se ha ido delimitando entre el escritor y los lectores. Pero
conviene saber que es posible hacer las cosas con nuestras propias manos,
conviene saber que es posible una solución.
K. ¿Y eso no puede hacerse aquí?
JB.- Claro que sí. Ya lo intentamos, incluso dejamos precedentes enjundiosos. No tuvimos mucho éxito. Por lo menos el que deseábamos. Nuestro país ha estado inmerso desde siempre en necesidades primarias, de subsistencia, que lo alejan de cualquier pensamiento que no sea el de sobrevivir.
Desde
el Gobierno creamos el Sistema Nacional de Talleres Literarios. Esto nos permitió
transitar sin descanso por todo el país. Como resultado pudimos ver de frente
el enorme deseo de superación de nuestra juventud. ¿Fue suficiente? Bien
sabemos que no. Apenas bastó, muy fuera del deseo, para darnos cuenta de una
realidad desgraciadamente bien distante de los intereses de la política. Esto
lo digo sin enojo pero con sincero dolor. Mi Partido, ya que lo tengo, fue y es
el partido de Bosch, un dominicano inmenso que siempre creyó que el principal
bien del hombre es la educación.
Sin
embargo, y con lo que pudimos hacer en este sentido, dentro de los lineamientos
de una secretaría de cultura, vale decir que la tarea quedó apenas planteada.
Por lo menos, de manera particular, sigo sintiendo que está por realizar este
deber. Quedaron grupos de jóvenes brillantes como el de San Cristóbal, un
crisol de muchachos inteligentísimos y talentosos que no se han rendido, que
hicieron de una simple querencia una promisoria vocación.
K.- ¿Deseas añadir algo más?
JB.- Desde luego, aunque sea por fuerza de espacio y tiempo algo breve. Nueva York me impone siempre una tarea, me llena de motivación. Es tal vez algo muy íntimo entre esa ciudad y yo, visita tras visita, un libro de cuentos que tendrá por nombre el de esa ciudad. También estudio las obras de algunos dominicanos extraordinarios que residen allí. Me refiero a por lo menos dos escritores de un enorme genio creativo: José Acosta y Diógenes Abreu. Hay otro valor, pero en Boston, a quien debo un estudio: Norberto James. Este es de sobra conocido y ya un ícono sagrado. Otros vienen emergiendo con potente luz como Dagoberto López Coño.
Quiero
hacer un estudio en toda regla sobre la pintura de un caso mayúsculo, por su
tenacidad, por la calidad y por la imponente belleza de sus trabajos. Me refiero
a Julio Valdez.
No
somos, Juan, la isla huérfana, la comunidad de desarrapados que ganan el
refugio que un verdadero país nos concede, en cuanto a su progreso y vitalidad
en sus instituciones. Somos más, mucho más. Somos un mundo dentro de un mundo
mayor; un mundo que tiene el coraje y la voluntad de soñar, de imponerse
tareas, de atreverse a aportar la grandeza de sus creencias, de su verdad.