LISTÍN DIARIO
Ventana
Domingo 10 de septiembre de 1995
pág. 5
ENTREVISTA A JOSÉ BOBADILLA SOBRE SU PRIMER LIBRO DE SALMOS
por Ramón Santana Trinidad
(primera parte)
RST.- ¿Qué
es un salmo?
JB.- Salmo, psalmo del griego psalmós, literalmente significa tocar o tañer las cuerdas de un instrumento musical. Como hablamos de literatura, y en literatura de poesía, los instrumentos griegos con los que se solía acompañar eran la lira y la flauta o elegos, de aquí que el carácter del texto fuera subrayado por el timbre del instrumento acompañante como lírico o elegíaco. En la poesía, para los helenos, aunque la palabra era lo esencial, esta debía imbricarse, de alguna manera verbalizar la música. El poeta no podía desligar su obra de la música, el poeta era también en el más elevado término un consumado músico, un depurado cantor. Cada pueblo, cada cultura, en su momento mezcla o deslinda las cosas según las entiende, según las siente, tal y como las ve.
Muestra de lo dicho, para obsequio de la curiosidad, un caso occidentalmente inaudito fue y quizás sigue siendo el de los chinos, que unieron el verso con la pintura. Los grandes poetas de China: Tu Fu o Li Tai Po entre los de la dinastía Tang, por citar, fueron notables pintores. Así como en Grecia el rapsoda tenía que ser músico, en China el poeta era pintor. Los griegos con el tiempo enriquecieron las posibilidades de esta fusión, dándose el caso para la memoria histórica de Píndaro, donde el poeta ya no actuaba solo, sino que se hacía acompañar de toda una orquesta.
Pero bien, el término salmo es griego, aplicado desde antiguo a un tipo de poesía que sobrevivió primordialmente en la Biblia, suyo salmista más conocido fue David, autor de la mayor cantidad de los allí reunidos. Una característica del salmo bíblico es su tono, su acento exaltado, propio de quien es sacudido por un sentimiento si no violento por lo menos intenso, grandilocuente, en el que campea la necesidad de alabar, de glorificar con la voz más alta al ser supremo, o sea, para nuestra tradición, a Dios.
Sobre la forma de los salmos no hay más acuerdo que los versículos traducidos de tantas maneras en todas las biblias que existen. Ni siquiera el texto hebreo del Antiguo Testamento es de fiar en el sentido de una estructura primigenia, pues cuando la Biblia pasó de un documento oral a un documento escrito, hablamos del siglo VII o del siglo VIII antes de Cristo, esta forma de versificar ya había evolucionado hasta desfigurarse, conservando seguramente su carácter esencial, el vigor con un propósito claro: la loa, el lamento, la imprecación. Ni siquiera en la extensión nos queda un patrón, ya que encontramos salmos de pocos versos, como el primero de todos, y otros tan caudalosos como el dieciocho o el setenta y ocho. Por lo mismo el salmo, llegado a nuestras lenguas sin metro, ni rima ni tamaño, según se lee desde luego en español, ya traducido es la estructura en verso más libre salvo en la índole, lo que tampoco le resta mucho a su albedrío, su entraña grandiosa, pletórica de majestad. Tal vez no diga un disparate si declaro que el salmo es el primer intento, en poesía, de nuestra mejor modernidad.
En todos los tiempos se escribieron salterios. Al comienzo de nuestra era todos los cristianos componían salmos. Los mejores se recitaban en la liturgia, conservándose colecciones bonitas de tan singulares devocionarios. En los nuestros baste recordar a dos nicaragüenses ilustres: Rubén Darío, uno de los grandes bardos de la humanidad; y desde luego a Ernesto Cardenal, un poeta que nace y se hace de las profundidades de un hombre cabal y sincero, un poeta y un hombre extraordinario, un poeta y un hombre sensacional.
RST.- ¿Y tú
por qué haces salmos?
JB.- Digamos que lo he intentado. Me gustaron los de Darío, pero me estremecieron los de Cardenal. Ernesto Cardenal es directamente mi época, mi causa y mi sensibilidad. Aunque no sea creyente como él y a ratos perdidos me aventure en la construcción de algún que otro verso. Debo declarar que la lectura de Cardenal me dejó un alborozo trepidante. Toda mi conciencia se conmovió hasta su raíz y entonces surgió la poesía como un reto posible. Para mí, particularmente la obra de Walt Withman es el mayor y mejor salterio escrito en todos los siglos. Pero Cardenal me hablaba con el acento y la voz de ahora, me hablaba hoy y lo hacía desde sus cimientos con un compromiso directo que también ha sido siempre el mío.
Razoné: jamás he escrito nada político porque no encontraba la forma, el zapato que me permitiera andar. Bien es sabido que los temas no son de nadie, pero sí la manera de encararlos, de hacerlos una realidad plástica. Había demasiado, magníficos trabajos en las formas en boga, incluso la oda, otra superviviente de la antigüedad clásica, que gracias a Neruda, por lo menos en su obra, adquirió vigencia nueva vez, sin petulancias ni afectación.
Desde mi experiencia individual necesitaba que la verdad fuese la verdad, sin más adorno que su propio peso, con toda la reciedumbre del filo de su voz. Sin embargo no me lancé de inmediato. Se archivó la estructura y el aliento en mi recuerdo y bastó un hecho que me golpeara, que me llenara de indignación. Fueron las cruentas huelgas del 89 y del 90, si mal no recuerdo los años. La respuesta al pueblo del gobierno del doctor Balaguer no se hizo esperar. Yo no era Superman. Pero la rabia, la cólera, la impotencia ante la impunidad a veces nos torna infantiles y quisiéramos tener la fuerza suficiente para aplastar al mal sin misericordia, así como para construir, para levantar de un golpe y porrazo ese paraíso tantas veces soñado para nosotros y para los demás. En soledad, el desahogo inevitable me llevó al camino más apropiado. Escribí muchas veces lo mismo. Cuando se secó la palabra nueva, era el momento de la reflexión sobre lo andado y me di cuenta de que había hecho salmos. En un principios fueron muchos, tal vez doscientos. Como cualquier esfuerzo ingente, el mío amasó todos los ángulos. Comenzó en el enojo y continuó en la esperanza, en la duda, en el amor. De lo político saltaba a lo erótico, a lo religioso, etc. Pasado el torbellino sobrevino la serenidad, la ponderación de todo aquello. Mis navajas de podar son implacables.
Como no soy poeta, era urgentísimo el rigor, para que por lo menos medianamente algo se salvara. Mi trabajo de entonces quedó en lo publicado, en esos quince salmos, en donde a pesar de ser tan pocos, la temática es muy diversa, casi un muestrario de mi ser interior.
RST.- Has
reconocido la paternidad de Ernesto Cardenal e implícitamente de la Biblia, ¿pero
hay alguien más?
JB.- Creo que sí y son yanquis. Hablo de Carl Sandburg y por supuesto, en el lado opuesto de los sentimientos, pero en el mismo centro de la grandeza, de Ezra Pound. Hay un inglés, William Blake, y de ningún latino a excepción de Neruda. Los latinos de antes y muchos de ahora, sin negar sus altísimos logros como poetas legítimamente estupendos, resultan siempre amables, un adorno, la inevitable flor en el ojal. Los hombres del norte van a lo esencial, aprietan con sus manos el corazón sangriento del drama. Nada o muy poco los distrae. La verdad debe ser terrible o bella en sí misma. Una metáfora es asida circunstancialmente para martillar el hecho que va consumando la palabra en su destino, en la conciencia. Por lo menos así lo han logrado y el producto pasa por una sustancial característica. Esto así, también está la Biblia. Ni el Apocalipsis, metáfora sobre metáfora, se salva de esta verdad.
(segunda parte)
Ídem
Domingo 17 de septiembre de 1995
pág. 4
RST.- Sin
embargo hay poemas, hay salmos tuyos enrevesados, de difícil lectura,
precisamente por el excesivo uso de adornos.
JB.- Es cierto, y te refieres seguramente a Cábala de Amor. Recuerda que declaré que me gustaba el Norte, pero yo soy del Sur. Es comprensible que en mi trabajo siga sucediendo eso. Todavía estoy muy cercano a él en el tiempo y no puedo verlo con objetividad. ¿Cómo podría yo decir lo que sigue con otras palabras, con el mismo impacto?
El viento dormido se dejaba penetrar por las estrellas
por el cobre y el sueño de un hondo sur
por el lento eco de la luz que abría y cerraba su voz.
En este salmo yo no quería claridad, quería precisamente cábala, el enigma, y para ello bastaba una aliteración controlada de imágenes, todas con brillo, que describieran luminosamente una sensación, un mundo y su clima, quedando en el lector la sensibilidad comprometida y por supuesto una emoción como respuesta.
RST.- Se han
ponderado en tus salmos calidades místicas e incluso metafísicas. Esto plantea
de cualquier manera toda una familia de interrogantes. ¿Qué tienes que decir?
JB.- Es la opinión de un crítico a quien respeto mucho. Yo no creo en Dios, aunque más correcto sería decir, científicamente hablando, que la posibilidad de Dios no entra en mis deducciones como una realidad a la que tenga que referirme por ninguna otra causa que por temor, a veces propio, o siempre ajeno, cuando la mente se atasca y delira; eso, ¿y sabes por qué? El hombre es finito en el presente, en las inevitables fronteras de su paso personal, jamás en su deambular colectivo. Sus búsquedas y sus encuentros se acumulan, van creciendo en su pasado, alimentan las rutas, las perspectivas de su porvenir. La verdad es que la mente, nuestro cerebro, es y no es tan limitado como se empeñan los religiosos en afirmar para obligarnos a la humillación de creer. Sin embargo, si aceptamos aritméticamente que toda noción de cantidad es infinita, siempre, como acabo de decir, estaremos en un punto, con un espacio invariablemente mayor por andar que el andado. Y ante el cálculo colosal de la naturaleza, cuando la naturaleza que es nuestro habitat salta de la Tierra al abismo del universo expandiéndose hasta lo indecible, entonces, sin querer, esa muleta perfecta en su humanidad que es el asombro, nos invita si no a creer, por lo menos a exclamar, a la exaltación.
Pero no sólo aquí el destino de nuestra curiosidad es sentirnos perplejos. Hay otras dimensiones siempre aritméticas que abruman; la del tiempo, por ejemplo; ese otro abismo en apariencia insondable, y con él, por supuesto, el destino. Si Dios existiera, por lo menos como nos lo han pintado las revelaciones, la vida del hombre no tuviese ningún sentido. Pero Dios, la idea de Dios, es también muchas cosas; la moral, por ejemplo, y con ello caemos en el punto más frágil y tal vez absurdo de tal creencia. La moral es un vestido, una moda y sus conveniencias necesarias, un imperativo perfil que dibujan los reclamos de las sociedades según su desarrollo, según su evolución.
Si toco en mi literatura el punto de Dios no es porque crea en él, sino porque mi idea, mi razón transita las áreas que otros por miedo o por simple fe personalizan con su nombre, creando la metáfora de un arquetipo, y se explican muchas cosas así, con la elaboración de montañas de atributos que dan pelos y señales muchas veces ingenuas pero no en todos los casos risibles. La idea de Dios, fuera del miedo al infierno, que es la fe de los pusilánimes, merece atención como un interesantísimo fenómeno en el derrotero del pensamiento, como aventura por descubrir en la realidad lo que desean los instintos y sus complejidades.
Yo, intelectualmente, soy enemigo de esa idea, como alienadora, como castradora de las posibilidades y de las obligaciones del hombre. No puedo aceptar a Dios. Por eso, cuando asumo su realidad en el mito, su presencia sólo plausible en los deseados secretos del corazón, en las elucubraciones de la palabra, literaturizo deliberadamente como arma y ataco, le pido cuentas no a la pobre idea, a la fría idea, a la muda idea, sino a quienes se valen del absurdo para imponerse y engordar sus beneficios.
Toda mentira, si quiere durar, debe no sólo ser bella en algo; debe también poseer el barniz de una convicción que le confiera certidumbre. En las oscuridades del enigma, en las honduras de esa perplejidad cabalmente humana que produce todo lo grande, siempre cabe el fantasma de Él. Yo tengo mucha fe en el hombre, aunque esta fe duela tanto, y por lo mismo y en consecuencia, en el amor, suprema verdad del sentimiento. No hay por ello temor en mí al lugar común. Estoy hablando de algo esencial y tangible, de algo que es parte maravillosa de nuestra índole. Lo esencial siempre es básico, siempre es un eje.
Si soy capaz de sentir como bello el magno evento de la vida, y por ende vibrar segundo tras segundo con sus fondos y sus formas; si quiero perdurar, arrastrar mi conmoción hasta el cristal de los demás con mis mejores músculos, con mis palabras, haciéndola trascender al provocar otra conmoción en esa inmensidad que siempre son los demás. Bueno... ¿entonces soy metafísico? No lo había pensado, y el término con toda la magia descarada de los griegos, la única que acepto por ser ellos y nadie más los inventores y codificadores del concepto, el término circula en mi lengua como un caramelo prestado que gasta algo de su piel en las olas discretas de mi saliva... ¡Ja!... mi cerebro se enciende, el placer lo ilumina y comienzo a pensar...
RST.- ¿Qué
suerte, por tus manos, le calculas a este libro? La pregunta surge porque se te
ha oído decir que el salterio no se acaba ahora, sino que será un arcón en
donde irán acumulándose tus registros?
JB.- Correcto. Es la idea que tengo, ir armando un texto según el ejemplo de otros. Hablamos de poetas, ahora mencionaría a un músico, a mi amado Juan Sebastián Bach. Su misa en B es el caos más hermoso e imaginativo que haya podido concebirse. Todo está puesto, según parece, como fue cayendo. Fue una obra de toda la vida, como tantas catedrales antiguas cuyo único plan fue tan solo un nombre, la palabra, el sentido de catedral.
Como estilo, en el gótico casualmente puede haber un motivo central, pero su característica es el amarre de elementos constitutivos más o menos de un mismo peso, sin una idea que domine demasiado sobre las otras, digamos que sin una idea central. Eso quiero para mi trabajo. Pero ¿para qué hablar de lo que no existe? Saldrán más cosas si se puede. Por lo menos yo quiero, yo tengo que decir mucho más.