LISTÍN DIARIO

Ventana, Literatura

Domingo 30 de julio de 1995

pág. 4

 

JOSÉ BOBADILLA O DIMENSIÓN MÍSTICA DE UNA PASIÓN

 

por Bruno Rosario Candelier

 

1

 

Todos somos la medida exacta de la eternidad.

 

José Bobadilla

 

 

José Antonio Bobadilla Martínez (Santo Domingo, 1955), es un intelectual de acendrada vocación literaria. Graduado en Letras, tiene una notable hoja de servicios a favor del desarrollo cultural y una formación rigurosa en Humanidades. Ha publicado ABALORIOS (1983), EN EL JARDÍN DE ONÁN (1988) y SALMOS (1994), su primer libro de poesías y del que hablaremos en esta presentación.

 

En esta singular obra poética se aprecian resonancias clásicas, la vocación del humanista con ráfagas de la trascendencia y la realidad humana. Siempre que un poeta asume un costado del mundo (o del amor y el dolor, la vida o la muerte) con indagación profunda, inquiriendo su fundamento o buscando su sentido, está haciendo poesía metafísica. Si la creación lírica entraña la búsqueda de lo divino o se plantea una comunión entrañable con alguna vertiente del mundo, estamos ante una poesía mística.

 

Los poetas que intuyen las dimensiones profundas del mundo, o de la vida, son poetas metafísicos. Fue el doctor Samuel Jonson quien calificó a los poetas ingleses del siglo XVIII como poetas metafísicos, porque orillaban un costado secreto del mundo. Cuando digo mundo, o vida, no me refiero a la existencia de tales realidades en su totalidad puesto que en la vida o en el mundo no se pueden aprehender en la mirada de un hombre. Cualquiera de esos conceptos comprende la parcela de la realidad que podemos efectivamente explorar y desde ella dar nuestro testimonio vivencial.

 

El mundo del poeta o de la literatura no es el mundo que todos conocemos empíricamente sino el creado por el lenguaje para canalizar su propia verdad en cuya realidad estética se puede cotejar la posición del poeta en relación con el mundo.

 

Ninguna realidad existe como absoluto para nuestra visión o percepción, y mucho menos para hacerla materia o sustancia de una expresión lírica que tiene rango de ficción, y como rasgo la condensación o síntesis, como en efecto acontece con ese modo peculiar de captar y expresar lo que concita la expresión artística que llamamos poesía.

 

La poesía que medita acerca del sentido de lo existente es la llamada poesía metafísica. La metafísica se interesa por el fundamento de las cosas y por el sentido de la realidad. Explorar ese sentido es hacer una indagación metafísica. Y llevarlo a la poesía es adensar el contenido de la creación lírica. Mediante la intuición el poeta cala el sentido del ser, y su asombro lo mueve a recrear sus hallazgos o revelaciones. La metafísica, por tanto, es una vía de acceso al ser de las cosas y un medio de exploración de la realidad, como lo son también el mito y la mística.

 

La idea de la metafísica como búsqueda del sentido, y de la mística como búsqueda de lo divino, conlleva la idea de la trascendencia, no fuera de la materia, como habitualmente se cree, ni más allá de la materia, como creían los griegos al inventar la palabra que traducía el concepto envuelto en metafísica (meta ta fisica), sino desde la materia, ya que la idea de una Fuerza o Energía Superior no existe desligada de la materia sino integrada a ella como parte de la Totalidad. Ya decía Leonardo Da Vinci: “Todo viene del Todo. Todo deviene en Todo. Y Todo vuelve al Todo”, con lo cual postulaba la idea de la integración de todo lo existente, incluyendo la materia y el espíritu. Y más cerca de nosotros, Ernesto Cardenal, en VIDA DEL AMOR, afirma: “Todo ser creado, por el hecho de ser, tiene una comunión con el Ser Dios”.

 

Según la mística naturalista, la materia tangible forma parte de la Totalidad de lo existente, al igual que el espíritu intangible, como lo revelan las mismas sustancias entre las cuales las hay privilegiadas que encarnan y despiden efluvios sublimes, lo cual hace explicable la idea de metafísica no como un concepto contrario al de materia sino como expresión espiritual, sublime y trascendente entrañablemente ligada a la realidad por su participación de lo supramaterial o supraestelar.

 

La metafísica no es la búsqueda de lo trascendente fuera de la materia ni más allá de la materia, sino en ella misma. Según esta visión integralista de la metafísica, la materia se halla espiritualizada, como enseña Pierre Teilhard de Chardin. En nosotros predomina la percepción sensorial de los sentidos, pero contamos con la intuición y los demás sentidos interiores para percibir el halo secreto, interior y trascendente de las cosas.

 

Las cosas que podemos percibir, desde luego, son las que nos afectan, permaneciendo indiferentes a nuestra sensibilidad aquellas con las que nunca entramos en contacto. De igual modo, expresamos lo que hiere nuestra sensibilidad, y lo que expresamos de algún modo revela nuestro talante, así como nuestra posición ante el mundo y la forma como nos concita o conmueve.

 

José Bobadilla forma su visión trascendente en la materia, o mejor dicho, en la realidad histórica que nuestro tiempo le ofrece. Arranca de la realidad humana, le estremece la parte doliente del hombre e inquiere su sentido, y desde la realidad palpable, construye la visión desgarrante de su reflexión poética, mediante la cual da testimonio de la pasión que sacude su sensibilidad, revelando su frontal rechazo a la realidad nefasta y su anhelo profundo de un mundo mejor. Por eso inicia sus SALMOS diciendo:

 

Falta que los hombres que por ser hombres

no pueden parir hijos distintos que sus obras

busquen feroces, a su espalda.

 

Y más adelante exclama:

 

Atizaremos el el corazón del héroe dormido

que cada uno lleva en la esperanza:

            golpea corazón

            levanta tu osamenta,

            haz que la vida otra vez le pertenezca.

 

(Con el Motivo; pág. 11)

 

Esta obra de Bobadilla llama la atención porque su lírica es anticonvencional, como lo es su salterio y su mística.

 

La mística no es una inclinación extrahumana; es una tendencia espiritual de la sensibilidad humana trascendente, que puede manifestarse inclusive en personas que ideológicamente son indiferentes a los asuntos religiosos, como me parece, es el caso de José Bobadilla.

 

La del místico es una búsqueda que va más allá del arte o dela ciencia y que supera el amor a la belleza o a cualquier otro ideal. Lo que el místico persigue subyace en el interior de las cosas del mundo visible. Eso sí, requiere una elevación espiritual hacia un Ser que es el manantial de todas las cosas, como dice Alexis Carrel. Se trata de un poder, un centro de fuerzas, que el místico llama Dios.

 

Al místico le preocupa el destino último del hombre, que termina en Dios. Por eso José Bobadilla apela a ambos, meta de sus radicalismos y confrontaciones. El hombre con sensibilidad mística se siente penetrado por todo lo existente, vive y se vive en todo. No se siente un ser individual, aislado e independiente, separado de la totalidad. Siente y padece por el mundo. Por eso le duele el dolor humano, sufre con el sufriente, y el mal le desgarra el corazón y le encabrita la conciencia.

 

Dice Bobadilla:

 

No habrá dolor ni aunque pena honrada

sea lo amargo, en lo que queda el llanto.

No hay más soledad para el que combate y llama

con su fuego sin sombra o la espada en el canto.

 

(Canto, pág. 15)

 

Cuando la sensibilidad se acopla con el mundo, las antenas sensoriales despliegan una sintonía del yo con el ser de las cosas, atrapando los efluvios secretos y entrañables, pues el místico se siente arrebatado por la fuerza que mueve el mundo, y lo concita desde el amor que lo apela a identificarse intelectual y afectivamente con todo lo existente, y se entrega al amor, entendiéndolo, como creía San Juan de la Cruz, como “el fin de todas las cosas”. Por eso canta José Bobadilla:

 

Muero porque amé y otros me amaron

y no quebranté la promesa de ir más lejos

en el propósito de hacer más amor para quienes llegaron

con la vida al comenzar y no sintieron miedo.

 

Triste es el balance y no me arrepiento.

Dura más la voz, que no fue en vano

nunca es perdido lo que el corazón puede

cuando el amor no es más que amor

y toda esperanza su batalla.

 

(Epitafio, pág. 43)

 

Además de los dones que recibimos, como advierte San Pablo, los humanos tenemos alguna vez un atributo singular y especial. Según Salvatore Quasimodo:

 

Cada uno está solo en el mundo.

Atravesado el corazón

por un rayo de luz

y de pronto anochece.

 

De acuerdo a la visión de Oscar De León Silverio: “todo hombre tiene un minuto de grandeza”. Y según la visión lírica de José Bobadilla, con trasfondo metafísico y simbólico dice:

 

La ola inmensa que no vive más que fugaces segundos

crece en todos los mares como la lengua en la boca

del Elegido que gritará la verdad para que muchos

teman.

 

(Fábula de los Inocentes, pág. 23)

 

 

2

 

Bíblicamente los salmos son cantos, himnos, loas, composiciones para ser cantadas, tejidas en torno a asuntos vivenciales y preocupaciones trascendentes y a menudo tienen alusiones que precisan la intervención de un glosador o intérprete. Similar al patrón de la lírica sagrada, los salmos denotan y connotan, refieren y sugieren contenidos más allá de las referencias léxicas o las vinculaciones históricas o circunstanciales. Desde el punto de vista literario, los salmos son cánticos que exaltan la gloria y la grandeza de Yahveh, y los más numerosos son cánticos de lamentación individuales, a modo de oraciones, en las que el poeta suplica a Yahveh que le libre de males, o estallan en apasionadas palabras de maldición contra sus enemigos.

 

Como el de la Biblia, el argumento de los SALMOS de Bobadilla comprende todo lo que sacude el alma sensible del poeta: el esplendor de la naturaleza, la huella de un suceso histórico, la lucha entre el bien y el mal, la confianza del justo en la Providencia divina o simplemente la exaltación de lo que acrece la conciencia.

 

El escritor tiene un alma sensible al pathos del mundo. En griego pathos es dolor y compadecimiento, sensibilidad y empatía. Y es esta una sensibilidad porosa a cuanto sacude las fibras entrañables del ser sensible y compasible. Y esa es la sensibilidad de los espíritus superiores, como suelen ser los espíritus místicos. José Antonio Bobadilla se confiesa intelectualmente indiferente a la mística, pero yo sostengo, de acuerdo a mi percepción y a mi entendimiento, que en la persona que escribió estos SALMOS bulle una sensibilidad mística porque trata de un creador sensorial y afectivamente penetrable y abierto a los fenómenos del cosmos, y esa es una de las más altas formas de sensibilidad mística. Lo aprecio cuando dice:

 

No consientas, aunque duela, que el otro mundo,

el que tocamos,

más que cuando el deseo vence a la razón

serene los estragos de un día demasiado largo,

tan crecido como hablar de años, como la vida

que usáramos lavando nuestro rostro de lo eterno.

 

(Metaphísica para una Mujer, pág. 27)

 

Con su poder verbal y su denuncia, el salmista se siente látigo del mal del mundo, y le recrimina a Dios su silencio prolongado o su aparente olvido o indiferencia ante tantas penurias e injusticias:

 

Todos, también yo, dijimos que no habría mano sagrada que

contuviera

con su bendición detestable el atajo jurado de la sangre.

 

¿Por qué no hablas, Dios?

¿Por qué no castigas?

¿Por qué no te vales de tus largos dedos

para separar la voluntad sin culpa de la voluntad culpable?

 

Tantas luces sin fortuna aplacaron las tinieblas de tu casa.

Innúmeros dolores deambularon en el murmullo

que llegó hasta la nada del silencio.

 

(Desde la Palabra, pág. 19)

 

El salmista es conciencia moral del mundo, y su voz, una apelación valiente a la Energía Cósmica para que aplaste a los injustos y malvados, y los malos sean castigados sin miramientos complacientes. José Bobadilla reclama esa justicia desde el vórtice de su presunta incredulidad. Tal vez por eso escribe:

 

Las estrellas seguirán abrazando al firmamento con los

sordos ardores de su serena alegría.

 

(Fábula de los Inocentes, pág. 23)

 

El ateo trata de llenar la nada y en ese intento transita el todo, que es Dios mismo. La frase se la oí a Iki Tejada, y la cito porque me parece que se revela de algún modo en la actitud orillada en los versos dolientes y exasperados de José Bobadilla. Nuestro poeta siente el peso de su propia apelación:

 

Los padres vieron la luz de la sangre en la noche tibia de

los lechos

y con idénticas lágrimas, después,

como se hereda y se mezcla el corazón, la suerte, los susurros

entrarían en el yo sé los sabores profundos del látigo;

la insoportable distancia entre el Bien y el Mal.

 

Y nosotros

curando el pánico con el deseo;

sudados en el amor irrevocable delas razas

llegados al fin con la misma causa aplazada frente al muro

en donde palpamos con maravilla el terrible cuerpo del trueno

alcanzamos del tumulto el estertor que desagua su paso

hasta regresar vehemente hacia sí mismo:

 

¡NO DESESPEREIS!

 

(Crónica, pág. 31)

 

José Bobadilla exige, reclama, grita la intervención de Dios contra lo nefasto del mundo. Igual al cantor del texto bíblico, el autor de los presentes SALMOS lanza un vehemente clamor por el triunfo de la justicia divina contra las maldades de los hombres. A veces lo hace con ironía, otras con desembozado desdén, y siempre, en forma sutil y oblicua al alinearse en el ámbito de lo justo y lo piadoso, vale decir, del bien y la verdad y la belleza que emanan de lo Alto. Por eso el salmista es partícipe de la revelación, voz y aliento, gracia y don que vienen de los fueros entrañables de las Musas, de los Astros o de la Divinidad. De ahí la magia que concitan los salmos, la fuerza para conmovernos, la frescura para sensibilizarnos. Nuestro poeta parece advertir ese atributo trascendente:

 

El viento dormido se dejaba penetrar por las estrellas

por el cobre y el sueño de un hondo sur,

por el lento eco de la luz que abría y cerraba su voz.

 

(Cábala de Amor, pág. 55)

 

Su voz, entonces, se hace con la voz de la tierra y los elementos, o con el destino del hombre y su heredad. El dolor del salmista es una forma de identificación con la actitud calladamente triste y penante del sufriente. Por eso la expresión emotiva y comparecedora acerca de la conciencia del mal y del dolor del alma:

 

Y desde nuestras substancias logramos que el odio

el implacable, el gusano del martillo

no nos cubriera la cabeza con sus alas,

y la trompeta más alta

la que espera después de llamar en el fondo claro de las calles

hiciera cruzar nuestros nombres a la más remota estrella

para que el mismo Dios y su amigo, el Presidenre de la República

palidecieran de soledad.

 

(Metaphísica para una Mujer, pág. 27)

 

El uso de imágenes y símbolos revela el vínculo sublime de la realidad trascendente a la que aluden los salmos, y es la forma literaria de expresar y traducir el rasgo sobrenatural de sus alusiones o revelaciones.

 

Aquí se conjugaban diferentes formas del salterio, lo mismo cantos elegíacos o de lamentación, que salmos de oráculos y salmos imprecativos en los que se pide la maldición de Dios sobre opresores y malvados, lo que evidencia el temperamento ardiente y la fantasía desmesurada y la exhuberancia del lenguaje según la tónica pautada por la tradición oriental para canalizar la expresión cantarina y apasionada con la cual se califica la maldad, la injusticia y la opresión, anteponiendo el relativo que tan del gusto del decir bíblico testamentario:

 

Que la bullente cicatriz que ha sido la memoria

de la multitud

abrase sus párpados.

Que el lloro blanco de los niños

desuelle sus oídos.

Que la lágrima descalza de la madre

hunda su navaja en su garganta.

Que la marcha de los que dejan cumplida su alma

en la pesadilla inútil del sudor

muela sus huesos.

 

(Imprecación, pág. 63)

 

El autor tiene conciencia literaria y sabe que al expresar el dolor o el lamento o la ironía cuestionable ha de hacer literatura, es decir, crear belleza en lenguaje sugerente, y por eso leemos en La Indecible Soledad de Yahveh este intoito:

 

Fue la noche, la boca helada

a pesar del brillo de los mundos

            en los cielos lejanos.

 

(De la Indecible Soledad de Yahveh, pág. 59)

 

O cuando expresa, en forma impersonal y objetiva la contemplación de la noche de luna llena en medio de un susurro urticante:

 

Cuando mejor sangraba la magnífica cabeza

con los ojos de cristal maduro que azulaba la bruma.

 

(Ídem)

 

Por eso concluye su Imprecación diciendo:

 

Pues tanto para el amor como para el olvido

es posible la eternidad.

 

Si los mitos se representan en símbolos, Bobadilla asume esta tradición y los recrea como expresión de la fuerza motriz que animan sus salmos, por lo cual acude a determinados símbolos para subrayar esa función. Así hace con la serpiente, símbolo de la astucia y la fuerza, la seducción y la prudencia:

 

La prudencia, diadema de la serpiente

que creemos sabia porque esconde el guante

que apaga el labio, que sumerge el ojo

en la falsa lágrima de su intención paciente.

 

(Canto, pág. 15)

 

O el símbolo del escorpión para sugerir el riesgo o el peligro. En la tradición artística medieval los cristianos empleaban el escorpión como emblema de la traición. Bobadilla lo retoma y dice:

 

El escorpión destiló su veneno hasta el aguijón para usarlo.

La víbora jamás durmió para evitar que en la noche de sus ojos

el morirse le entrara por los dientes.

 

(¡Coño!, pág. 39)

 

Y usando una técnica de simbolización inducida, nombrando la función expresiva del ejecutante, potencializar el mensaje:

 

¿Y tú, únicamente hombre,

desde las destartaladas fantasías del fango

creíste que el león dejaría su rugido sin el salto?

 

(Ídem)

 

En fin, estamos ante un texto revelador, agresivo, sugerente, cuestionador y trepidante. Se trata de una lírica, como la evidenciada en estos SALMOS, que asume el canto como reclamo y vituperio imprecativo y al mismo tiempo como vínculo con lo trascendente en una suerte de simbiosis espiritual y mística, conceptual y estética para plasmar un desahogo testimonial y la impronta de la fe de un escritor en el porvenir del hombre, vale decir, en su último destino.

 

Santiago, Casa de Arte

11 de noviembre de 1994

 

Ver:

 

TS Eliot: Los poetas metafísicos y otros ensayos. Buenos Aires, Emecé Editores, 1944

Antonio Fernández Spencer: Algo sobre poesía metafísica. El Siglo, Sto. Dgo., oct. 12, 1994

Ernesto Cardenal: Vida en el amor. Isla Abierta (HOY), Sto. Dgo. Oct. 27, 1986

El medio divino o el fenómeno humano. Madrid, Taurus, 1965

Alexis Carrel: La Incógnita del hombre. Méjico, Diana, 1963

Serafín de Ausejo: Diccionario de la Biblia. Barcelona, Herder, 1964

 

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