Una anécdota

Como si fuera una presentación

 

 

 

 

Conocí al Señor José Bobadilla en los albores del año 1835, aposentado en una buhardilla de mala muerte en una atestada calle francesa, cuando apurado, acababa de asistir a una lectura de la última novela de Honoré de Balzac. Aquel soñador que me inspiraría en lo adelante, y que muriera a destiempo quince años más tarde, en 1850, año en que también murió Balzac, nunca pensó que el tiempo nos volvería a reunir esta noche, en el año del señor de 2002. Coincidencialmente hoy, como en aquella tarde nublada, un libro nos reúne. Un libro que como aquel primero es parte de una vida inconclusa, como inconclusos son todos los sueños. En aquel primer libro se recogían las vivencias de minúsculos seres en una miserable pensión parisina. Minúsculos seres que impulsando el adecuado sentimiento en cada uno de ellos llegarían, acaso como Napoleón, a conquistar las fronteras de lo imposible. Pero aquel, como este, no estaba destinado a quedar en las posibilidades de sus personajes, estaba destinado ha ser el libro de la vida de una sociedad corrompida por las más bajas pasiones humanas. La pensión Vauquer, era el escenario en donde se encontraban todas las angustias conocidas por la certidumbre. La pensión Vauquer era el mundo reducido en una calle, la calle que creció hasta copar al mundo. La calle del estudiante y el ladrón que siempre han sido la historia de la humanidad. Todos los hombres del pasado, son iguales a todos los hombres del presente y a todos los hombres del futuro. El tiempo entre el uno y el otro sólo es un respiro para el dolor, un insoportable desenlace de la conciencia. Pero, aquí estamos. Ante una obra abierta y desnuda, un cuerpo, distinto a aquel primero y brutalmente iluminado, hechizado, dulce y violento, una gigantesca metáfora mágica surgida de los principios de un alma trepidante de placer. Un libro que por su alto contenido poético, sólo la poesía pudiera definirlo con exactitud, pero como un poema es el sumo de la intimidad, usaré de lo concreto para referirme a las posibilidades que encontrarán en esta reunión de convenios a los que el autor a titulado acertadamente Los Negocios del Sueño.

Este como los tres textos anteriores publicados por Sr. Bobadilla, revelan a un profundo y profuso conocedor de la urdimbre humana. Tanto en El Jardín de Onán, texto de perfectísima terminación, abundante lirismo y experimental manejo del lenguaje, como en Abalorios y Salmos, novela en versos y poesía respectivamente, encontramos trazos de una literatura que transita en la vía de lo grande, que circula alrededor de lo absoluto. En El Jardín de Onán, novela sobre la cual no se ha escrito casi nada en la crítica dominicana, no por desconocerla, ya que estuvo a punto de obtener el Premio Nacional de Novela en 1988 y circula desde entonces, contiene la propuesta de una estética nacional en el orden narrativo. Novela estructuralista, donde cada capítulo es una pintura diferente, a la que ciertos matices van a darle finalmente la uniformidad propia de lo lógico. Cabe decir de Abalorios y Salmos, que dentro de sus estilos diferentes, gravita la pesada piedra de lo bueno.

Los textos que presentamos esta noche, tanto la prosa como los escasos versos que a lo ancho de esta entrega podrán apreciar, están insuflados por el deseo de su autor de no desfallecer, de permanecer en el tiempo con que premie la eternidad a la palabra. Son el fruto de las reflexiones de un otrora joven que envalentonado decidió enfrentarse al mayor de los monstruos que puede reducir al hombre a la más minúscula nada: el principio de una idea, el nacimiento de un sueño que corriendo contra la luz va dibujando la faz de lo excelso, de lo sencillamente maravilloso. Idea que sólo un alma joven estaba en condición de enfrentar, ya que, sólo en la juventud nos hacemos rodear por las fuerzas con las que arremetemos contra el mundo para intentar cambiarlo. Sólo con la juventud, porque ya en la madurez tememos a esas fuerzas de cambio, porque fuese lo que fuese, lo alcanzado en los ardores de la juventud, es la plenitud de la vida, de la que sólo un aroma confuso nos llega en nuestro estado adulto y del que disfrutamos entonces con más calma porque se asemeja a una nueva vida, la que en realidad es la misma, pero entonces, ya con la inquietud de que el tiempo transcurre rápido, sin pausa e inmisericorde, vemos despacio. Por esta razón saludamos con mucha alegría la aparición de este libro en los actuales momentos. Sin la pedantería de la juventud y con la prudencia de la adultez, su autor, consagrado ya en alma a la escritura, vuelve la vista hacia atrás y recoge sus primeros estornudos, sino de grandeza, sí de luces reverberantes de una calidad genuina, reunida de todas las voces que siempre le acompañaron, desde Márquez a Faulkner, desde Carpentier a Onetti, desde Mahler a Villalobos.

Si hay algo de real en lo contado por el autor ya lo verán, ya que él sólo se hace eco de los sentimientos del hombre y sus múltiples manifestaciones de ternura y locura. El amor como tema es desolador y sus causahabientes irreflexivos, llega este incluso a parecer imposible ante los hechos que van a dejarlo reducido a un simple vicio, y en el mejor de los casos, a una agradable costumbre, de esta manera el más exaltado de los sentimientos aparece como una desafortunada circunstancia del diario vivir, confundida con el efímero poder de la vida y el insignificante fantasma humano de la felicidad. Ilógico e irracional, el hombre sin cuestionar al amor lo pone a prueba y descubre que nunca ha amado verdaderamente, que los apasionamientos que había entendido por amor, eran sólo fuegos momentáneos que después de extinguirse dejaba al vacío más exagerado de todos ante el cual muchas veces el Señor Bobadilla coloca a sus personajes y se desliga de ellos, los que abandonados deciden abrirse paso en la historia que no pidieron vivir pero a la que están irremediablemente condenados y terminan como empezaron disociándose de cualquier atadura para continuar independientes ante el futuro, inventando incluso la vida de su autor. Esta orfandad de sus personajes es relativa, ya que en algunos casos, pocos pero fuertes, el hombre que les impone un destino imagina poseer a uno que otro. Sin duda cuando escribimos siempre se nos escapan viejos amores. Aunque Wilde afirma que un libro nunca es la vida de su autor, en esta entrega podemos encontrar mucho de los que es José Bobadilla, quien ante la idea del amor, tiembla porque la sabe real pero terriblemente absurda, disgregada de cualquier análisis concreto y serio. El amor como lo definen reiteradamente las actitudes de sus personajes, nada tiene que ver con la verdad, puesto que es la creación de la belleza, oscura o luminosa, horrible o olímpica, aceptable o endiabladamente imposible, convertida en el más melancólico y versátil de los temas, el enajenado enano de ajitos rojos que nos espanta, el monstruo inestable, que como todo lo existente se reconoce en nosotros, por ser nosotros el espejo en que se mira todo cuanto se relaciona a la vida y a la muerte.

Los negocios del sueño, como titula a este compendio de ilusiones José Bobadilla, es una compilación de aventuras fantásticas, burlescas y en la mayor de las ocasiones desgarrantes y muchas veces enternecedoras. Se levanta como un desafío a la durmiente literatura dominicana. Un desafío desde todos los puntos de vista oportuno, porque, señores, la hora está llegando para que lo producido en nuestro país se equipare en calidad a lo recibido de potencias literarias como México, por citar, donde figuras como la de Carlos Fuentes, son la dimensión de una quimera, sépase posible. Pero nuestros narradores, a excepción de algunos respetados intentos, se han cansado o aburrido en el camino. La conquista de mundos sin fronteras para el pensamiento abierto no ha constituido la búsqueda de nuestros hombres de letras con trono en la prosa. De lo producido en los últimos años en narrativa en la República Dominicana, muy poco es aceptable como para identificar una tendencia de desarrollo en los planteamientos de una estética, sino de dimensiones universales, por lo menos de carácter continental. Muy poco o nada, ya que lo esencial en nuestros actores literarios es lo inmediato, lo fácil, no la gloria del futuro, la permanencia en el tiempo. No quiero insinuar por supuesto que esto se aplique a todos, pero desgraciadamente se adapta a los más. Si en el mercado del libro dominicano no hay una demanda mayor, de parte de los verdaderamente degustadores de la lectura, es porque nuestros escritores no han subido a la altura de las demandas de éstos, entre los cuales me cuento, que exigimos del texto las luces de lo infinitamente grande, la contundencia de una propuesta firme, de verdades que nos enriquezcan como seres pensantes, y en el caso específico de la narrativa, el más acabado aliento poético. En lo personal siempre me he negado a leer, para disfrutarlo, un texto que carezca de esos detalles, un texto que contenga al mismo tiempo que la más desgarrante o sublime historia, el más elevado tono poético, es nuestra búsqueda en el Círculo Literario Yelidá, aunque tal vez no ambiciosa, si la creemos esperanzadora. Detalles que en esta escueta edición de Los negocios del sueño encontrarán, porque su autor se ha propuesto desbordar el campo de la imaginación y darnos como productos terminados sus primeros sueños de hombre, donde combaten todas las vacilaciones de un artista que empieza a hacerse, de la bestia voraz que es el pensamiento cuando lo complica el amor. Los Negocios del Sueño constituye el primer intento de eternidad de su autor. Exhumados de las gavetas de su escritorio, ahora llega a nosotros como la promesa más clara de una larga entrega que implica a diecisiete volúmenes más, hijos también del mismo autor, pero nutridos por separado con las experiencias y las pesadillas de un mundo a cada segundo nuevo; todas juntas, para darnos una vida completa en sus libros, la vida de un niño que ya es adulto y que ahora negocia con los sueños de todos nosotros, sus alumnos y ustedes, sus conocidos y amigos, para permanecer y enseñarnos a ser mejores. En hora buena, señor Bobadilla.

 

 

Amado Alexis Chalas

Círculo Literario Yelidá

30 de julio de 2002

 

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